EX VOCERO INICIA DESFILE EN TRIBUNALES DE MINISTROS CIVILES DE PINOCHET ¿Qué te pasó, Cuadra?
Deslizar comprometedoras declaraciones sin anticipar sus consecuencias no es propio de un experto en operaciones político-comunicacionales, como se le conoce a Francisco Javier Cuadra. La entrevista que dio esta semana a Patricia Verdugo sobre los asesinatos perpetrados horas después del atentado a Pinochet, el 7 de septiembre de 1986, echó por tierra de un plumazo el prestigio ganado en estas lides entre sus clientes, el mundo político y académico. Digno de iniciados.
Ana Verónica Peña
La Nación
La Nación
Un reportero que bajo el seudónimo de Sigmund realizaba memorables entrevistas en este mismo medio, en abril del año pasado le preguntó a Francisco Javier Cuadra si el ideal de un vocero de gobierno podía encarnarse en Mohammed Said al-Sahaf, ex ministro de Información de Saddam Hussein, ese que insistía en que Irak estaba ganando la guerra cuando los norteamericanos arrastraban por el suelo la gigantesca estatua de su jefe. El ex engominado y anteojudo secretario general de Gobierno del general (R) Pinochet, primero largó la carcajada y luego respondió: “La información debe ser consistente con la realidad, y en su caso era muy evidente la contradicción”.
Realmente para la risa. La obviedad de la consistencia es la lección número uno que recibe cualquier aspirante a comunicador institucional o relacionador público. Y Cuadra es mucho más que eso. Cuadra cuenta con un notable currículum en estas materias, de las que dio muestras más que suficientes mientras se desempeñó como vocero de la dictadura, entre 1984 y 1987.
Por eso cuesta darle sentido a la secuencia de palabras que usó para tratar de quedar en la historia como uno de los que había salvado la vida del ahora Presidente Ricardo Lagos.
“Lo cierto es que no supimos interpretar políticamente esa primera noticia del hallazgo de un cadáver. Luego apareció un segundo y un tercero. Fue entonces cuando tuvimos el presentimiento de que podía estarse llevando a cabo un acto de venganza. Lo comentamos con el ministro [Ricardo] García. No teníamos noticia alguna de que agentes de la CNI estuvieran realizando alguna operación. El general Gordon estaba en La Moneda y nada nos informó”, fue parte de lo que le contó a la periodista Patricia Verdugo en la entrevista que publicó el martes 25 recién pasado el “Diario Siete”. Después agregó: “Él me dijo que tenía también ese mal presentimiento... y me comentó que el general Paredes [director de Investigaciones] iba a ordenar a la policía civil la detención de varias personas... con el objetivo de salvarles la vida”. Entre esas personas estaba Lagos, quien de acuerdo a este relato le debería su vida a Cuadra, García, Paredes y Gordon.
Impecable... pero la versión de Cuadra no cuadra. Partiendo porque está suficientemente acreditado en el proceso que el primer asesinato de esa noche, el del electricista Felipe Rivera, se realizó cerca de las dos de la madrugada del lunes 8 de septiembre; el segundo, de Gastón Vidaurrázaga, ocurrió aproximadamente a las 4:20 a.m., y el tercero, del periodista José Carrasco, minutos antes de las 5:30, cuando ya estaba amaneciendo en Santiago.
¡Gran misterio! El entonces representante del PS en la Alianza Democrática y hoy Presidente de la República fue sacado de su cama a punta de metralletas poco después de la una de la madrugada, y Felipe Rivera, el primer fusilado de la noche, una hora más tarde.
Las horas en que se supo de estas muertes es otro dato que no se discute y hace aún más feble la historia estrenada esta semana por Cuadra. El cuerpo del editor internacional de la revista “Análisis” fue el primero en aparecer, cuando obreros de una población cercana salían a sus trabajos recién levantado el toque de queda, a las seis de la mañana, y llamaron a Carabineros. Sus testimonios -incluso en algunos casos identificándolos con nombres y apellidos- están en la prensa de esos días, toda obsecuente a la dictadura, porque los medios de oposición fueron requisados de los quioscos el lunes 8 en la madrugada, en virtud de un decreto, dictado en las últimas horas del domingo 7 de septiembre, que prohibía su circulación en todo el territorio nacional. El último cadáver, el de Felipe Rivera, fue encontrado a eso de las 14 horas.
¿En qué dimensión desconocida del tiempo vivía Cuadra que explica la orden de detención que se tomó esa noche en La Moneda como reacción a lo que todavía no ocurría?
Pero no es todo. La falta de lógica en su versión es aún más patética. Cruzando datos del expediente hoy en manos del ministro Dolmetsch y lo publicado por la prensa de derecha esos mismos días, en el momento mismo en que Carabineros llegaba al lugar donde yacía el cuerpo de Carrasco con los 14 impactos de bala que le causaron su muerte -esto es, minutos después de las seis de la madrugada-, Lagos llamó por teléfono a su esposa, Luisa Durán, informándole dónde estaba detenido y “manifestándole que se encontraba bien” (“La Tercera”, 9 de septiembre).
¿Habrá en la historia un mejor ejemplo de inconsistencia en la información en boca de vocero de gobierno?
Un ejercicio digno de una clase magistral para voceros.
UN MISIL DE ESQUIRLAS
Más allá de lo anecdótico que pueda resultar otorgarle un lugar destacado en el ranking de los “condoros” notables de voceros oficialistas al ahora reconvertido rector universitario, cincuentón, despeinado y entrado en canas, la verdad es que resulta más interesante indagar en las consecuencias políticas y jurídicas del misil que disparó esta semana.
Lo que salió de su boca no sólo lo dejó encabezando la lista de los próximos citados a declarar sobre estos hechos, lo que para él no sería ninguna novedad porque conoce muy bien esos trámites. El problema es que por el mismo orificio podrían colarse otros tantos ministros y ex subsecretarios que comenzarían a desfilar por tribunales ya no en calidad de testigos, sino de inculpados. Algo que nadie se esperaba. Ni Cuadra, ni los ex colaboradores civiles de la dictadura, ni siquiera en palacio, donde hasta sólo semanas antes de la largada de la carrera presidencial sus ocupantes se empeñaban en cerrar el capítulo de las violaciones a los derechos humanos antes del término del mandato de Lagos.
Hoy, por obra y gracias de Cuadra, el escenario es otro: uno que por años esperaron inútilmente los uniformados que no se cansaban de quejarse de lo abandonados que se sentían en los pasillos de tribunales ante la notable ausencia de civiles que impartían y firmaban órdenes de detención, los mismos que elaboraban informes falsos que servían para rechazar los recursos de amparo de los detenidos. Como militares que son, ellos saben que las esquirlas del misil Cuadra puede causar bajas incuantificables por ahora. Como militares entrenados y experimentados, también saben que en la guerra se puede caer víctima del fuego enemigo o del fuego amigo, pero no tienen un nombre para las bajas que se suicidan por un imperdonable descuido y arrastran consigo a otros camaradas. Lo de Cuadra realmente es insólito.
Ricardo García y Alberto Cardemil, ministro y subsecretario del Interior en esos días, deberán explicar la tesis de la pugna interna, la elaboración de la lista y otros detalles. Cardemil, por ejemplo, cuando confirmó la muerte de Carrasco, el 10 de septiembre de 1986, negó la detención de Lagos, quien cumplía ya tres días en el cuartel central de Investigaciones.En la misma entrevista, él entrega nombres de las personas que estuvieron esa noche en La Moneda. Pero a estas alturas resultan más creíbles las primeras versiones. En la edición del lunes 8 de septiembre de 1986 de “La Nación” hay una lista de asistentes a la “reunión de coordinación” tras el atentado, que incluye, además de Cuadra, al ministro del Interior, Ricardo García; al subsecretario de la misma cartera, Alberto Cardemil; al subdirector de Carabineros, Óscar Torres; al director de Investigaciones, Fernando Paredes; al jefe de la Guarnición Militar de Santiago, brigadier Óscar Ojeda, y al jefe de la CNI, Humberto Gordon. Nadie vio a Merino y, como ahora está muerto, tampoco se le puede preguntar.
LA LISTA CUADRA
A eso de las dos de la madrugada del 8 de septiembre, cuando Lagos fue ingresado a la celda después de los trámites de rigor, allí ya se encontraba el sacerdote Rafael Maroto, vocero del MIR. Media hora más tarde llegó Germán Correa, entonces presidente del MDP, y antes de que amaneciera llegaron otros cuatro detenidos. En los próximos tres días, el número de detenidos en el Cuartel General de Investigaciones subiría a 44. Todo esto lo contó Lagos a la periodista Patricia Politzer en 1998 para “El libro de Lagos”.
De la muerte de Carrasco, el ahora Presidente de la República se enteró a las nueve de la mañana del lunes 8, como ha reiterado en estos días. Sólo que no fue leyendo la prensa, sino directamente de boca de su primera visita en cautiverio, el consejero político de la Embajada de Estados Unidos, Donald Tompkins. El encuentro tuvo lugar en el despacho del jefe de relaciones públicas de la Policía de Investigaciones, subprefecto William Sasso. “Discreto, el policía los dejó solos en el despacho. El diplomático le informó que venía por instrucciones de su Gobierno, que les parecía una detención injusta y que pedirían su liberación. Le informó, además, que habían asesinado al periodista José Carrasco”, se lee al respecto en la página 131 del libro de Politzer.
En el citado libro, el ahora Mandatario cuenta también que por esos días se le acercó un inspector de policía que había sido su alumno en la Escuela de Economía y le contó que estuvo de turno la noche del atentado. “Cuando revisé las órdenes de detención que se habían repartido a todas las policías, vi que usted estaba en la lista y llamé a una patrulla y le dije que fuera de al tiro a buscarlo, que lo detuviera y que lo trajera de inmediato, sin demora, al cuartel central. Me di cuenta que estaba en peligro. Mire usted lo que le pasó a Carrasco, cuando Investigaciones llegó a detenerlo ya se lo habían llevado”, le dijo el policía.
No es el único testimonio que apunta a que el nombre de Lagos y Carrasco estaban en la misma lista emanada desde La Moneda esa noche. El domingo pasado, en “La Tercera”, el ex funcionario de Investigaciones Hilario Muñoz, uno de los integrantes del grupo operativo que participó en la detención del Presidente, confirmó ese detalle: “El investigador recuerda que la detención de Lagos se originó tras recibir una lista del Ministerio del Interior que ordenaba su aprehensión, la de Carrasco y la de otros tres militantes comunistas”, señala la nota firmada por Ximena Astudillo.
Pese a que el ministro Dolmestch no quiso aclarar dudas al respecto esta semana, sobre esta particularidad también hay pruebas documentales. Una de ellas es la edición del martes 9 de septiembre de 1986 del diario “La Nación”, en cuya página 6 se publicó una nota que, bajo el título “Cumplen órdenes de detención”, informa que “tres dirigentes políticos y un periodista de la revista ‘Análisis’ fueron detenidos y trasladados hasta el Cuartel General de la Prefectura de Investigaciones”.
La nota agrega que “en ese recinto permanecían ayer el dirigente del Partido Socialista, Ricardo Lagos; el presidente del MDP, Germán Correa, y el sacerdote suspendido, vocero público del MIR, Rafael Maroto. También fue detenido el editor de la revista ‘Análisis’, José Carrasco”.
Más adelante se sostenía que estas detenciones obedecían a “una orden emanada del Ministerio del Interior”, se mencionaba la detención de varios sacerdotes extranjeros y se consignaba que hasta las 15 horas del lunes 8, es decir cuando aún no se cumplían 24 horas del fallido atentado a Pinochet, se habían presentado ya ante la Corte de Apelaciones 35 recursos de amparo por igual número de detenidos durante ese lapso. En ese entonces, este medio estaba bajo el control absoluto del régimen militar y el director era el numerario Opus Dei y ahora rector de la Universidad de Los Andes, Orlando Poblete Iturrare. Pero para que no quepan dudas acerca de la procedencia oficial de la información, además del estado de sitio y la prohibición de circulación de la prensa opositora, la noche del domingo 7 de septiembre también se dictó un bando que prohibía publicar cualquier información sobre estos hechos, exceptuando sólo “las informaciones de carácter oficial emanadas del Gobierno”.
Y ni en la prensa de esos días, ni en testimonios contenidos en el proceso, ni en libros históricos existe seña alguna de que se hayan elaborado o hubiesen existido dos listas, una con los condenados a muerte y otra con los que debían vivir, es decir una lista Cuadra, o algo así como un símil de la Lista Schindler que salvó a algunos judíos de los hornos crematorios.
LAS LETRAS DE MOLDE
Como buen cientista político y experimentado montador de operaciones comunicacionales, Cuadra sabe que la memoria de los pueblos es frágil. Hoy casi nadie recuerda que él fue el creativo del espectáculo orquestado para que millones de chilenos miraran al cielo una noche de 1986 en la que se suponía podrían apreciar el cometa Halley. Del fin distractivo de esta maniobra, el mismo Cuadra se jactó una década más tarde ante unos periodistas. De su operación drogas en el Congreso, puesta en marcha en enero de 1995, prácticamente sólo se acuerdan sus víctimas, especialmente el entonces diputado RN Andrés Allamand y el senador de la misma tienda Alberto Espina.
Pero Cuadra olvida que las letras de molde quedan en la historia y que una entrevista -o dos- no pueden borrar lo que se dijo o hizo en el pasado.
Siendo secretario general de Gobierno, en su primera alocución pública después del atentado a Pinochet -a eso de los 22 horas-, Cuadra llamó a la población a “definirse frente al marxismo” y habló de “aislar y erradicar definitivamente a los terroristas”. Un par de días después, durante un programa de televisión en Canal 11, señaló: “Tenemos la impresión de que en este caso se trata del procedimiento típico de purga dentro de los grupos marxistas”. Así corroboró personalmente un artículo aparecido en “La Nación” un par de días antes, titulado “No descartan ajuste de cuentas en asesinato de periodista”. La misma tesis la sostuvo Cuadra en varias oportunidades las semanas siguientes.
En vez de intentar explicar estos dichos, en una entrevista concedida a revista “Cosas” el 14 de octubre recién pasado, aseguró sin arrugarse que “si en materia de derechos humanos hubiese tenido la información que hoy se maneja, naturalmente que habría actuado de manera distinta”. Dos semanas después lanzó el misil a través de “Diario Siete”. ¿Coincidencia?
Volviendo a la entrevista que LND publicó en abril de 2004, Sigmund, el periodista, le preguntó: “¿Había que faltar a la verdad en casos como el crimen de José Carrasco?”.
“Nunca dije nada que violentara mi conciencia”, respondió. LND
Realmente para la risa. La obviedad de la consistencia es la lección número uno que recibe cualquier aspirante a comunicador institucional o relacionador público. Y Cuadra es mucho más que eso. Cuadra cuenta con un notable currículum en estas materias, de las que dio muestras más que suficientes mientras se desempeñó como vocero de la dictadura, entre 1984 y 1987.
Por eso cuesta darle sentido a la secuencia de palabras que usó para tratar de quedar en la historia como uno de los que había salvado la vida del ahora Presidente Ricardo Lagos.
“Lo cierto es que no supimos interpretar políticamente esa primera noticia del hallazgo de un cadáver. Luego apareció un segundo y un tercero. Fue entonces cuando tuvimos el presentimiento de que podía estarse llevando a cabo un acto de venganza. Lo comentamos con el ministro [Ricardo] García. No teníamos noticia alguna de que agentes de la CNI estuvieran realizando alguna operación. El general Gordon estaba en La Moneda y nada nos informó”, fue parte de lo que le contó a la periodista Patricia Verdugo en la entrevista que publicó el martes 25 recién pasado el “Diario Siete”. Después agregó: “Él me dijo que tenía también ese mal presentimiento... y me comentó que el general Paredes [director de Investigaciones] iba a ordenar a la policía civil la detención de varias personas... con el objetivo de salvarles la vida”. Entre esas personas estaba Lagos, quien de acuerdo a este relato le debería su vida a Cuadra, García, Paredes y Gordon.
Impecable... pero la versión de Cuadra no cuadra. Partiendo porque está suficientemente acreditado en el proceso que el primer asesinato de esa noche, el del electricista Felipe Rivera, se realizó cerca de las dos de la madrugada del lunes 8 de septiembre; el segundo, de Gastón Vidaurrázaga, ocurrió aproximadamente a las 4:20 a.m., y el tercero, del periodista José Carrasco, minutos antes de las 5:30, cuando ya estaba amaneciendo en Santiago.
¡Gran misterio! El entonces representante del PS en la Alianza Democrática y hoy Presidente de la República fue sacado de su cama a punta de metralletas poco después de la una de la madrugada, y Felipe Rivera, el primer fusilado de la noche, una hora más tarde.
Las horas en que se supo de estas muertes es otro dato que no se discute y hace aún más feble la historia estrenada esta semana por Cuadra. El cuerpo del editor internacional de la revista “Análisis” fue el primero en aparecer, cuando obreros de una población cercana salían a sus trabajos recién levantado el toque de queda, a las seis de la mañana, y llamaron a Carabineros. Sus testimonios -incluso en algunos casos identificándolos con nombres y apellidos- están en la prensa de esos días, toda obsecuente a la dictadura, porque los medios de oposición fueron requisados de los quioscos el lunes 8 en la madrugada, en virtud de un decreto, dictado en las últimas horas del domingo 7 de septiembre, que prohibía su circulación en todo el territorio nacional. El último cadáver, el de Felipe Rivera, fue encontrado a eso de las 14 horas.
¿En qué dimensión desconocida del tiempo vivía Cuadra que explica la orden de detención que se tomó esa noche en La Moneda como reacción a lo que todavía no ocurría?
Pero no es todo. La falta de lógica en su versión es aún más patética. Cruzando datos del expediente hoy en manos del ministro Dolmetsch y lo publicado por la prensa de derecha esos mismos días, en el momento mismo en que Carabineros llegaba al lugar donde yacía el cuerpo de Carrasco con los 14 impactos de bala que le causaron su muerte -esto es, minutos después de las seis de la madrugada-, Lagos llamó por teléfono a su esposa, Luisa Durán, informándole dónde estaba detenido y “manifestándole que se encontraba bien” (“La Tercera”, 9 de septiembre).
¿Habrá en la historia un mejor ejemplo de inconsistencia en la información en boca de vocero de gobierno?
Un ejercicio digno de una clase magistral para voceros.
UN MISIL DE ESQUIRLAS
Más allá de lo anecdótico que pueda resultar otorgarle un lugar destacado en el ranking de los “condoros” notables de voceros oficialistas al ahora reconvertido rector universitario, cincuentón, despeinado y entrado en canas, la verdad es que resulta más interesante indagar en las consecuencias políticas y jurídicas del misil que disparó esta semana.
Lo que salió de su boca no sólo lo dejó encabezando la lista de los próximos citados a declarar sobre estos hechos, lo que para él no sería ninguna novedad porque conoce muy bien esos trámites. El problema es que por el mismo orificio podrían colarse otros tantos ministros y ex subsecretarios que comenzarían a desfilar por tribunales ya no en calidad de testigos, sino de inculpados. Algo que nadie se esperaba. Ni Cuadra, ni los ex colaboradores civiles de la dictadura, ni siquiera en palacio, donde hasta sólo semanas antes de la largada de la carrera presidencial sus ocupantes se empeñaban en cerrar el capítulo de las violaciones a los derechos humanos antes del término del mandato de Lagos.
Hoy, por obra y gracias de Cuadra, el escenario es otro: uno que por años esperaron inútilmente los uniformados que no se cansaban de quejarse de lo abandonados que se sentían en los pasillos de tribunales ante la notable ausencia de civiles que impartían y firmaban órdenes de detención, los mismos que elaboraban informes falsos que servían para rechazar los recursos de amparo de los detenidos. Como militares que son, ellos saben que las esquirlas del misil Cuadra puede causar bajas incuantificables por ahora. Como militares entrenados y experimentados, también saben que en la guerra se puede caer víctima del fuego enemigo o del fuego amigo, pero no tienen un nombre para las bajas que se suicidan por un imperdonable descuido y arrastran consigo a otros camaradas. Lo de Cuadra realmente es insólito.
Ricardo García y Alberto Cardemil, ministro y subsecretario del Interior en esos días, deberán explicar la tesis de la pugna interna, la elaboración de la lista y otros detalles. Cardemil, por ejemplo, cuando confirmó la muerte de Carrasco, el 10 de septiembre de 1986, negó la detención de Lagos, quien cumplía ya tres días en el cuartel central de Investigaciones.En la misma entrevista, él entrega nombres de las personas que estuvieron esa noche en La Moneda. Pero a estas alturas resultan más creíbles las primeras versiones. En la edición del lunes 8 de septiembre de 1986 de “La Nación” hay una lista de asistentes a la “reunión de coordinación” tras el atentado, que incluye, además de Cuadra, al ministro del Interior, Ricardo García; al subsecretario de la misma cartera, Alberto Cardemil; al subdirector de Carabineros, Óscar Torres; al director de Investigaciones, Fernando Paredes; al jefe de la Guarnición Militar de Santiago, brigadier Óscar Ojeda, y al jefe de la CNI, Humberto Gordon. Nadie vio a Merino y, como ahora está muerto, tampoco se le puede preguntar.
LA LISTA CUADRA
A eso de las dos de la madrugada del 8 de septiembre, cuando Lagos fue ingresado a la celda después de los trámites de rigor, allí ya se encontraba el sacerdote Rafael Maroto, vocero del MIR. Media hora más tarde llegó Germán Correa, entonces presidente del MDP, y antes de que amaneciera llegaron otros cuatro detenidos. En los próximos tres días, el número de detenidos en el Cuartel General de Investigaciones subiría a 44. Todo esto lo contó Lagos a la periodista Patricia Politzer en 1998 para “El libro de Lagos”.
De la muerte de Carrasco, el ahora Presidente de la República se enteró a las nueve de la mañana del lunes 8, como ha reiterado en estos días. Sólo que no fue leyendo la prensa, sino directamente de boca de su primera visita en cautiverio, el consejero político de la Embajada de Estados Unidos, Donald Tompkins. El encuentro tuvo lugar en el despacho del jefe de relaciones públicas de la Policía de Investigaciones, subprefecto William Sasso. “Discreto, el policía los dejó solos en el despacho. El diplomático le informó que venía por instrucciones de su Gobierno, que les parecía una detención injusta y que pedirían su liberación. Le informó, además, que habían asesinado al periodista José Carrasco”, se lee al respecto en la página 131 del libro de Politzer.
En el citado libro, el ahora Mandatario cuenta también que por esos días se le acercó un inspector de policía que había sido su alumno en la Escuela de Economía y le contó que estuvo de turno la noche del atentado. “Cuando revisé las órdenes de detención que se habían repartido a todas las policías, vi que usted estaba en la lista y llamé a una patrulla y le dije que fuera de al tiro a buscarlo, que lo detuviera y que lo trajera de inmediato, sin demora, al cuartel central. Me di cuenta que estaba en peligro. Mire usted lo que le pasó a Carrasco, cuando Investigaciones llegó a detenerlo ya se lo habían llevado”, le dijo el policía.
No es el único testimonio que apunta a que el nombre de Lagos y Carrasco estaban en la misma lista emanada desde La Moneda esa noche. El domingo pasado, en “La Tercera”, el ex funcionario de Investigaciones Hilario Muñoz, uno de los integrantes del grupo operativo que participó en la detención del Presidente, confirmó ese detalle: “El investigador recuerda que la detención de Lagos se originó tras recibir una lista del Ministerio del Interior que ordenaba su aprehensión, la de Carrasco y la de otros tres militantes comunistas”, señala la nota firmada por Ximena Astudillo.
Pese a que el ministro Dolmestch no quiso aclarar dudas al respecto esta semana, sobre esta particularidad también hay pruebas documentales. Una de ellas es la edición del martes 9 de septiembre de 1986 del diario “La Nación”, en cuya página 6 se publicó una nota que, bajo el título “Cumplen órdenes de detención”, informa que “tres dirigentes políticos y un periodista de la revista ‘Análisis’ fueron detenidos y trasladados hasta el Cuartel General de la Prefectura de Investigaciones”.
La nota agrega que “en ese recinto permanecían ayer el dirigente del Partido Socialista, Ricardo Lagos; el presidente del MDP, Germán Correa, y el sacerdote suspendido, vocero público del MIR, Rafael Maroto. También fue detenido el editor de la revista ‘Análisis’, José Carrasco”.
Más adelante se sostenía que estas detenciones obedecían a “una orden emanada del Ministerio del Interior”, se mencionaba la detención de varios sacerdotes extranjeros y se consignaba que hasta las 15 horas del lunes 8, es decir cuando aún no se cumplían 24 horas del fallido atentado a Pinochet, se habían presentado ya ante la Corte de Apelaciones 35 recursos de amparo por igual número de detenidos durante ese lapso. En ese entonces, este medio estaba bajo el control absoluto del régimen militar y el director era el numerario Opus Dei y ahora rector de la Universidad de Los Andes, Orlando Poblete Iturrare. Pero para que no quepan dudas acerca de la procedencia oficial de la información, además del estado de sitio y la prohibición de circulación de la prensa opositora, la noche del domingo 7 de septiembre también se dictó un bando que prohibía publicar cualquier información sobre estos hechos, exceptuando sólo “las informaciones de carácter oficial emanadas del Gobierno”.
Y ni en la prensa de esos días, ni en testimonios contenidos en el proceso, ni en libros históricos existe seña alguna de que se hayan elaborado o hubiesen existido dos listas, una con los condenados a muerte y otra con los que debían vivir, es decir una lista Cuadra, o algo así como un símil de la Lista Schindler que salvó a algunos judíos de los hornos crematorios.
LAS LETRAS DE MOLDE
Como buen cientista político y experimentado montador de operaciones comunicacionales, Cuadra sabe que la memoria de los pueblos es frágil. Hoy casi nadie recuerda que él fue el creativo del espectáculo orquestado para que millones de chilenos miraran al cielo una noche de 1986 en la que se suponía podrían apreciar el cometa Halley. Del fin distractivo de esta maniobra, el mismo Cuadra se jactó una década más tarde ante unos periodistas. De su operación drogas en el Congreso, puesta en marcha en enero de 1995, prácticamente sólo se acuerdan sus víctimas, especialmente el entonces diputado RN Andrés Allamand y el senador de la misma tienda Alberto Espina.
Pero Cuadra olvida que las letras de molde quedan en la historia y que una entrevista -o dos- no pueden borrar lo que se dijo o hizo en el pasado.
Siendo secretario general de Gobierno, en su primera alocución pública después del atentado a Pinochet -a eso de los 22 horas-, Cuadra llamó a la población a “definirse frente al marxismo” y habló de “aislar y erradicar definitivamente a los terroristas”. Un par de días después, durante un programa de televisión en Canal 11, señaló: “Tenemos la impresión de que en este caso se trata del procedimiento típico de purga dentro de los grupos marxistas”. Así corroboró personalmente un artículo aparecido en “La Nación” un par de días antes, titulado “No descartan ajuste de cuentas en asesinato de periodista”. La misma tesis la sostuvo Cuadra en varias oportunidades las semanas siguientes.
En vez de intentar explicar estos dichos, en una entrevista concedida a revista “Cosas” el 14 de octubre recién pasado, aseguró sin arrugarse que “si en materia de derechos humanos hubiese tenido la información que hoy se maneja, naturalmente que habría actuado de manera distinta”. Dos semanas después lanzó el misil a través de “Diario Siete”. ¿Coincidencia?
Volviendo a la entrevista que LND publicó en abril de 2004, Sigmund, el periodista, le preguntó: “¿Había que faltar a la verdad en casos como el crimen de José Carrasco?”.
“Nunca dije nada que violentara mi conciencia”, respondió. LND
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